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Antonio Tarragó Ros: El chamamé es una manera de rezar

Una mirada que se apoya en la escucha y en el silencio como parte del hecho musical. Desde allí surgen definiciones sobre tradición, respeto y sentido.

Antonio Tarragó Ros habla del chamamé como una forma de estar en el mundo. No lo nombra como género ni como espectáculo, sino como una experiencia que exige atención plena. Desde ese lugar ordena su vínculo con esa música: “Es una música extraordinaria, casi una manera de rezar”, dijo y esa idea estructura todo su pensamiento artístico.

La Fiesta Nacional del Chamamé sobresale en su memoria como un espacio multitudinario guiado por la escucha. Miles de personas atentas, sin consignas ni estímulos externos. Un público que encuentra en las canciones recuerdos personales y familiares: padres, abuelos, amistades que quedaron lejos. Esa manera de escuchar constituye, para él, un núcleo que no debería perderse.

La inquietud surge cuando ese clima se altera por prácticas ajenas al género. “Me asusta que se contagie lo de otros festivales: pedir palmas, saltos, gritos”, advirtió. En ese escenario, el sentido se desplaza. “Entonces el hombre no puede volar con su cabeza con el arte que viene del escenario”, expresó. El reconocimiento masivo no elimina ese riesgo. “El éxito tiene riesgos”, sostuvo.

Desde esa mirada, el chamamé no funciona como música de impacto inmediato. Requiere tiempo, recogimiento y una escucha real. Tarragó Ros marca un límite cuando la reacción tapa la atención. “Si ven a un tipo que está rezando y le pegan gritos, estamos lejos”, dijo. No todo gesto suma. No toda música admite cualquier respuesta.

La figura de su padre atraviesa toda su historia. Tarragó Ros padre aparece como músico y como ética. “Mi papá ya lo rezó al chamamé desde el principio”, recordó. De él retoma una enseñanza que resume una forma de vida: “Él hacía lo que le gustaba, y si a la gente le gustaba también, no hacía falta ningún esfuerzo”, expresó. No había cálculo ni estrategia. Solo coherencia entre lo que se sentía y lo que se tocaba. Al volver sobre esas obras, la emoción sigue presente. “Cuando toco temas de mi papá, pasan cosas que todavía me emocionan”, dijo.

Mario del Tránsito Cocomarola ocupa otro lugar central. Tarragó Ros habla desde la cercanía. “Lo conocí mucho”, señaló. La reacción al escucharlo permanece intacta. “Escucho a Cocomarola y me emociono”, expresó. La síntesis aparece sin rodeos: “Su música sonaba así porque él era así”. La valoración resulta directa. “Era un talento extraordinario”, afirmó.

También resurgen recuerdos de una etapa compartida con músicos de otros géneros. Charly García surge desde una escena cotidiana, lejos de cualquier solemnidad. “Era mi vecino, Charly”, contó. La imagen se completa con humor y cercanía. “Me senté al lado del Flaco y nos mirábamos con humor”, dijo. En ese vínculo destaca un rasgo común: “había respeto por lo que hacía el otro”. En ese mismo recorrido menciona a León Gieco, Nito Mestre y Piero. La definición no deja dudas. “Con Piero, con León, con Nito, compartíamos una gran generosidad”, dijo. Ante la pregunta puntual, la respuesta resultó directa: Piero.

La relación entre música e imagen también ocupa un lugar central en su mirada. Tarragó Ros fija un límite preciso. “El cincuenta por ciento de un audiovisual es la música”, afirmó. Desde esa idea advierte que una elección errada altera todo el conjunto.

“Si la música está mal puesta, ya hiciste mal la mitad del trabajo”, sostuvo. La crítica apunta a decisiones que no dialogan con el territorio. “Cuando mostrás un lugar con una música que no le pertenece, no entendiste nada”, dijo. Frente a eso, define al chamamé con una frase breve. “El chamamé dibuja”.

Las cuestiones sonoras aparecen sin nostalgia ni rechazo automático. Diferencia funciones con claridad. “La percusión no molesta”, explicó. El problema surge en otro plano. “El bajo compite con la voz humana”, señaló. Esa competencia desplaza la melodía. Sobre el violín, su postura resulta firme. “El violín es un instrumento maravilloso”.

En su recorrido personal no enumera logros. Enumera encuentros. Personas, charlas, momentos compartidos. El agradecimiento aparece ligado a la conciencia. “Yo agradezco haber estado lúcido”, afirmó. Esa lucidez tiene un sentido concreto. “Sabiendo con quién estaba”, expresó.

Desde ese lugar deja una definición que atraviesa todo su pensamiento…el chamamé se discute y se defiende porque pertenece, y esa pertenencia explica tanto los conflictos como su permanencia.

El chamamé, entonces, es más que música. Es vida; existencia más allá del tiempo y fronteras territoriales. Es, en consecuencia, una forma de ser y de pensar. Los estilos son, por su puesto, diversos, pero la pasión del pueblo litoraleño (y de otros suelos) es una sola. Desde hace décadas, Antonio Tarragó Ros no solo mantiene viva la escena de su padre, sino que también pudo encontrar otro camino, componer y hacerse un nombre de peso más allá de un legado fuerte y enteramente reconocible. Es historia viva.

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