La aprobación de un proyecto de ley trascendental para la Argentina como el de modernización laboral, durante la sesión del jueves 19 de febrero en la Cámara de Diputados de la Nación, se vio opacada por el bochornoso espectáculo que, una vez más, exhibieron algunos legisladores, particularmente de la oposición.
Interrupciones y provocaciones permanentes, gritos, teatralizaciones y descalificaciones personales, expresiones groseras y chicanas constantes caracterizaron el lamentable marco en el que se trató una norma legal que, por su importancia, merecía un debate mucho más serio y profundo.
Al igual que en diciembre último, cuando los exabruptos caracterizaron una ceremonia vaciada de toda solemnidad, como la de asunción de los nuevos diputados nacionales, la semana última la dirigencia política volvió a mostrar su peor cara, en lugar de honrar a una honorable institución de la República.
El más triste ejemplo lo dio una legisladora kirchnerista, Florencia Carignano -titular de Migraciones durante la gestión presidencial de Alberto Fernández-, quien, con tal de impedir el desarrollo de la sesión, se atrevió a desenchufar los cables de una consola de audio ubicada en el área donde trabajan los taquígrafos de la Cámara baja. Se trató de un acto incalificable, merecedor de que el cuerpo legislativo trate su expulsión. Fue una de las tantas señales de intolerancia y también de impotencia que mostró la fuerza opositora que sigue liderando Cristina Kirchner, desde su prisión domiciliaria.
Entre gritos e insultos, no sorprendió la bajísima calidad de argumentación exhibida por los diputados de Unión por la Patria, caracterizada por una retórica que reveló que solo pueden tener un gran pasado por delante y por un nivel de oratoria más propio de una cancha de fútbol que de una institución parlamentaria. La oda a Perón recitada desde su banca por la diputada Kelly Olmos sirvió de corolario ante tanta decadencia.
La política debe ser diálogo y no exacerbación de tensiones, al tiempo que el respeto por las formas republicanas hace a la esencia del sistema democrático. Se trata de algo elemental, que deben entender quienes hoy, desde la oposición, pretenden recurrir a los métodos más soeces para frustrar el tratamiento de un proyecto legislativo, y también quienes tienen la responsabilidad de gobernar, despojándose de cualquier actitud de soberbia y de autoritarismo.
Es preciso que quienes tienen el deber de legislar y aspiran a ser genuinos representantes de una ciudadanía que sostiene sus abultadas remuneraciones, respeten y honren las instituciones, en lugar de contribuir a su degradación.

