El militar estadounidense, figura de la Segunda Guerra Mundial, dejó reflexiones sobre historia y liderazgo en cartas a su hijo. Murió el 21 de diciembre de 1945.
El general George S. Patton, uno de los comandantes más conocidos de la Segunda Guerra Mundial, sostuvo que para ganar batallas no se vencen las armas, sino el alma del enemigo. La frase forma parte de las cartas que escribió a su hijo cuando este ingresaba en la Academia Militar de West Point, recopiladas en el libro Growing Up Patton: Reflections on Heroes, History, and Family Wisdom.
En esos textos, Patton afirmó: “Para ser un soldado exitoso, debes conocer la historia”. Añadió que las fechas y los detalles de las tácticas son inútiles si no se comprende cómo reacciona el hombre. “Las armas cambian, pero el hombre que las usa no cambia en absoluto; para ganar batallas no se vencen las armas, se vence el alma del hombre, del hombre enemigo”, escribió.
Patton se describía como un soldado llamativo y poco popular, pero fiel a su método. “Parezco ser una excepción y poco popular, pero es mi método, porque quienes no son ellos mismos no son nadie”, señaló.
El general sostenía que comprender batallas, estrategias y líderes militares del pasado era necesario para dominar el arte de la guerra, predecir los movimientos del enemigo y no repetir errores. Su experiencia en la invasión de Sicilia durante la Segunda Guerra Mundial fue un ejemplo: al planificarla, dijo a un colega que Siracusa era la clave, porque los atenienses habían fracasado allí en el 413 a.C.
Quién fue George S. Patton
George S. Patton nació en San Gabriel, California, en 1885, y creció en una familia militar del Sur. Ingresó en West Point en 1909, según la biografía del Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial de Nueva Orléans. Se destacó como oficial de caballería y experto en blindados.
Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en Francia y participó en la creación y entrenamiento de las primeras unidades blindadas. En la Segunda Guerra Mundial adquirió notoriedad en la campaña del norte de África y luego en Sicilia. Tras el desembarco de Normandía en 1944, asumió el mando del Tercer Ejército, que avanzó por Francia y tuvo un papel importante en la ruptura de las líneas alemanas. En la batalla de las Ardenas, el Tercer Ejército giró hacia el norte y ayudó a aliviar la presión sobre las tropas en Bastogne.
Debido a su carácter impulsivo, llegó a abofetear a dos soldados hospitalizados y realizó declaraciones controversiales, por lo que fue apartado temporalmente de su cargo.
Al terminar la guerra, recibió el mando del Decimoquinto Ejército, pero murió poco después, el 21 de diciembre de 1945, tras sufrir graves heridas en un accidente automovilístico en Heidelberg, Alemania. Tenía 60 años. Sus restos se encuentran en el Cementerio Americano de Hamm, Luxemburgo, junto a muchos de sus soldados del Tercer Ejército.

