La presencia de productos, música, series y gastronomía de Japón, Corea del Sur y China crece en Argentina, según se observa en comercios, plataformas y restaurantes.
Oriente fue históricamente un territorio remoto para los argentinos, asociado a una cultura distante, viajes excepcionales y restaurantes especializados. En la actualidad, esa distancia se ha reducido. Japón, Corea del Sur y China pasaron a formar parte de la cotidianeidad: su gastronomía integra el menú habitual, sus artistas generan seguidores, sus series se miran, sus historietas influyen en niños y adolescentes, y algunas de sus costumbres se incorporaron a la vida diaria.
El sector inmobiliario ofrece un primer indicio del fenómeno. En Buenos Aires se multiplicaron los supermercados y tiendas de productos asiáticos. Un ejemplo es el multiespacio “Full Suerte”, ubicado en Avenida Corrientes 1615, pleno centro porteño. El local se ingresa a través de un bar que funciona como recepción con máquinas de juegos electrónicos; luego se accede al supermercado, cuyas góndolas exhiben productos comestibles y de bazar: salsas, comidas precocidas envasadas, bebidas, golosinas, tortas, condimentos y vajilla. También se ofrecen artículos de diseño, como latas de soda Qdol con imágenes de Pokémon, a un precio de 6.000 pesos cada una.
En música, el fenómeno adquirió dimensión generacional. BTS, banda pop integrada por siete adolescentes, se convirtió en una referencia masiva. El K-pop superó la barrera idiomática y compite en preferencias con artistas argentinas como Lali, María Becerra o los Miranda. Los grupos asiáticos Blackpink, Stray Kids, Seventeen y Twice ocupan el lugar que antes tenían Menudo, Take That o Backstreet Boys.
En cine y televisión, los K-dramas se instalaron en plataformas como Netflix y convirtieron a actores desconocidos para el público local en celebridades globales. Títulos como “Muertos de amor”, “Acaramelados”, “Así aprenderás”, “Sabuesos” y “Belleza verdadera” forman parte de una oferta consumida con intensidad. El espectador argentino reconoce palabras, platos, códigos y estéticas asiáticas.
La gastronomía también refleja el crecimiento. Buenos Aires cuenta con una oferta amplia de restaurantes chinos, japoneses y surcoreanos: desde espacios de sushi hasta propuestas de ramen, barbecue coreano y street food. El kimchi, el udon, el bao y el bibimbap se incorporaron al vocabulario cotidiano. La K-food fue adoptada por grandes marcas y campañas comerciales; por ejemplo, Knorr publicitó sus noodles coreanos (fideos instantáneos) en el primer programa de “Popstar”.
En el rubro de historietas, el manga y el animé ocupan gran parte de las estanterías de las comiquerías, que mutan hacia el concepto “manguería”. Títulos como “One Piece”, “Blue Lock”, “Saint Seiya” o “Dandadan” conviven con reediciones y novedades. El diseño de las tiendas pasó de colores oscuros y símbolos norteamericanos a tonos pastel y minimalismo.
La expansión de la cultura asiática se atribuye a la oferta de una sociedad donde la tradición convive con el futuro: templos milenarios junto a trenes de alta velocidad, ceremonias ancestrales atravesadas por videojuegos y minimalismo estético con cultura pop exuberante. La llamada ola asiática abarca música, televisión, gastronomía, cosmética, tecnología y moda. Oriente dejó de ser una postal para convertirse en experiencia, y la lejanía cultural se reduce progresivamente.

